Siempre he pensado, y en ningún momento he dudado, que solo existen dos posibilidades, dos opciones, dos caminos. Lamentablemente, solo podemos elegir uno de esos dos y no siempre este será el correcto, el indicado.
Si vivimos en un entorno siniestro, donde no recibimos amor alguno, cariño, aquellas cosas sin las que uno no puede vivir antes de explotar. Siempre podrán ocurrir dos cosas.
Si coexistimos en un espacio, donde los valores y la moral son importantes. Donde recibimos muestras de afecto en el momento exacto, justo cuando estamos a punto de derrumbarnos y las necesitamos más, también pueden pasar dos cosas.
Podemos elegir aceptar aquello con lo que nos criamos, amor u odio, seguirlo y aferrarse a ello como si fuera lo último existente. Estaríamos optando por hacer lo que vemos, imitar lo que hacen a nuestro alrededor.
O podemos decidir rechazarlo todo. Cada mínimo detalle con el que crecimos, puede ser obviado e ignorado de una forma fascinante. No aceptar lo que nos quisieron imponer y revelarse, ante todo y todos.
Esas son, he de decir, las dos vías del camino. Como una carreta, es ir o venir, aceptarlo o rechazarlo.
En el momento de decidir, nuestro cielo se vuelve gris, puede llover y haber tormenta, ya que es el paso más difícil que debemos enfrentar.
Sabemos que nuestro destino está en nuestras manos, porque no debemos depender de nadie de ningún modo, pero el miedo nos ciega y nos nubla el avance.
El miedo a equivocarnos, a elegir lo incorrecto, a ir por un camino diferente al que creíamos, a caerse en el camino y creer en no poder levantarse.
El miedo a la ignorancia, a que creamos que estamos en lo correcto y ocurrir todo lo contrario. A aferrarnos tercamente a un error, sin saber siquiera que lo hemos cometido.
El miedo al rechazo, a que aun cuando la decisión tomada sea la ideal, no nos apoyen, sino al contrario, nos contradigan y objeten.
Esta también el miedo a la traición, a seguir el camino con pasión y armonía, pero justo la persona que creíamos nuestro aliado, se vuelve el enemigo.
Y el miedo a lo desconocido, a no saber qué ocurrirá mañana ni porque. Aun miles de situaciones que pueden cambiar un hecho en concreto, es por eso que el futuro resulta tan difícil de adivinar.
Ese es el mayor problema de todos nosotros. Tememos muchas cosas, algunas son justificadas y otras son absurdas. Sentimos terror por las cosas más ilógicas y cuando de verdad debemos asustarnos, no lo hacemos, porque no lo vemos real, nos parece una ilusión. Hermosa y perfecta, pero irreal en todo sentido.
¿Quién soy?
Te responderé con otra pregunta, ¿Acaso importa quién sea?
Para ti, ¿Marcara la diferencia saber que tengo un rostro y un nombre?
Si los tengo, pero no es algo relevante en este asunto, por lo que lo mantendré en la ignorancia.
Sinceramente, no importa realmente quien soy yo, si no quién eres tú.
[Nota: Ejem, si, otro original, ¿estaba inspirada? xD]